Aelete

El blog de Ricardo Altmann. Atendido por su propio dueño

Día 7: Interludio

Según el horario de Madison, Wisconsin, todavía puedo alcanzar a cumplir el desafío. Creo que ya había ocupado esta anécdota en un taller, pero es buena:

Es una historia sobre Laura. No es una chica, es una canción de jazz. El 5 de Febrero de 1969, Dexter Gordon graba en el Club Paradiso de la ciudad de Amsterdam lo que para mucha gente es una de sus mejores sesiones en directo. La anécdota es que Cees Slinger, el pianista, toca una música maravillosa usando un piano al que le faltaban varias teclas.

Hay una decisión ética encerrada ahí, más allá de la anécdota. Una postura que el Richi del futuro debería adoptar como principio: la vida es un piano al que le faltan teclas, pero uno tiene que tocar igual. Improvisar. Como este post.

Día 6: The Dating Game

Él se entretiene subiendo fotos a Instagram del anacrónico pony con que un fotógrafo demasiado trata de atraer a los niños que juegan en la plaza, mientras espera a su cita de Tinder. Ella ya estaba esperando, ubicada estratégicamente para verlo antes que él a ella. Claramente, él no mide el metro ochenta que le decía en el chat. Y no es que ella sea superficial, pero es un tema de principios. ya lleva diez minutos atrasada, así que se decide. Le escribe diciendo que tuvo que quedarse en la pega. Él el dice que no importa, cambia de ventana de chat y le dice a otra chica que ya no tiene hora al doctor, por lo que, si está libre, podrían juntarse.

Día 5: Apuntes sobre canciones para dedicar

Nota del Richi (de ahora en adelante “N.del R.”): No tengo ninguna idea para un cuento, así que esto va a ser un poco extraño.

Can’t Hardly Wait” es una película noventera sobre un tipo que espera hasta la fiesta de graduación para declararse a la chica que le ha gustado desde siempre (N. del R: Classic Richi). Y que además pasa la mitad de la película obsesionado con si Barry Manilow escribió “Mandy” a su perro. La moraleja de esa subtrama (que incluye una conversación con un ángel/stripper) es que las canciones son solo canciones. Y durante años estuve de acuerdo con esa afirmación.

Pero una amiga me contó la mejor historia sobre una canción para dedicar. (N. del R.: Sé que más de alguien sonrió y dijo “apuesto que yo tengo una mejor”. Pero no, ni cagando le ganan a ésta). No la repetiré porque no es mi historia, pero si alguna vez ella la hace pública, la voy a postear una vez a la semana hasta que me borren de sus redes sociales.

Y esa historia me hizo repensar mi postura acerca de la industria de dedicar canciones. Sobre todo porque hace años que tenía la canción perfecta para ser dedicada.

No solo es de una de mis bandas favoritas de la vida. También está llena de referencias pop maravillosas y tiene uno de los mejores versos en la historia de la música (N. del R.: Yo soy de la opinión que casi no hay canción pop que no tenga un verso memorable, pero esta canción se pasa). Además, es romántica sin ser cebolla. Y aunque Pessoa diga que todas las cartas de amor son ridículas, una canción (N. del R.: O un mixtape, ya que estamos en eso), tiene que ser igual un poco cool.  Gracias por nada, Nick Hornby.

La razón por la que la guardé tanto tiempo es que, de alguna forma, esa canción funcionaba como un litmus test para saber si la otra persona y yo entendemos el romance de la misma manera. Entonces no era llegar y tirarla así nomás (N. del R.: Leo esa última frase y no puedo evitar pensar que definitivamente se me arrancaron un par de enanos al bosque. Es hora de llamar a mi analista y pedirle  un reembolso).

El problema es que ese ejercicio es el opuesto perfecto a dedicar una canción. Porque no estás buscando la canción perfecta para una persona, si no que estás esperando a la persona perfecta para esa canción. Lo gracioso es encontrar a esa persona, pero darte cuenta que el error en tu plan es que la otra persona tiene su propia subjetividad y la puede amar, odiar o, la peor de todas: el “Meh”. CHUN CHUN CHUN!

¿Le fue bien a nuestro héroe con la canción? La respuesta es que no importa. Porque la moraleja de esta historia (N. del R.: A lo mejor la palabra historia le queda grande a esto, pero mi compromiso es escribir cien palabras al día, medianamente coherentes) es que la gracia de dedicar una canción es, en la humilde opinión de su vecino amigable, usar las palabras de alguien más para decir algo de una manera que le resuene a la otra persona. Aunque a la chica en cuestión le guste Green Day o Coldplay.

Y creo que ya me pasé de las cien palabras hace rato así que suficiente por ahora.